Con casi una década en el sector, presencia creciente fuera de Valencia y una ambición nacional consolidada, la compañía había alcanzado un tamaño que su estructura interna todavía no acompañaba. Un departamento en particular — corazón operativo del negocio — presentaba una fricción operativa que quitaba dinamismo al equipo y dificultaba la capacidad de aumentar aún más el volumen.
Mejores procesos y organización no era suficiente. Había que construir algo que dé el sustento al nuevo volumen de trabajo y que la estructura evolucione de la que trajo la empresa hasta aquí.
Nos sentamos con cada persona del departamento y con quienes lo cruzan desde fuera. Uno a uno, generando la confianza y espacio para que nos cuenten su perspectiva. Estas conversaciones suelen ser las más reveladoras.
Lo que apareció no era un problema de procesos, que era lo que dirección creía. Era de arquitectura. Roles construidos alrededor de líneas de negocio en vez de por funciones, donde se duplicaban un 60% de las tareas y cada rol operaba de forma muy aislada, sin visibilidad cruzada entre los procesos que cada uno llevaba adelante.
Trazamos tres posiciones claras y agrupamos tareas por función, no por línea de servicio. Recepción como punto único de entrada. Planificación con visión 360º de todas las rutas. Ciclo SAT como ecosistema propio. Cada rol dueño de su tramo, todos con visión del conjunto, evitando duplicidad de tareas.
Trabajamos con dirección para validar la nueva estructura, definimos KPIs que empujan en la misma dirección, y presentamos el modelo al equipo. Los protagonistas lo aceptaron con entusiasmo — y con la libertad de decidir cómo hacerlo suyo.
El resultado no es un organigrama nuevo. Son procesos que no se rompen cuando alguien cambia de rol, documentación viva que el equipo mantiene, un departamento preparado para escalar sin volver a rediseñarse cada año.
Si algo de este caso te suena a lo que está pasando en tu empresa, cuéntanoslo. Nos encantaría entenderlo.
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